Read "La abadía de northanger" by Jane Austen online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Pocos días más tarde el general se vio obligado a marchar a Londres. Su ausencia duraría una semana aproximadamente, pero a pesar de ello salió de Northanger lamentándose de que una urgente necesidad lo privase de la grata compañía de Miss Morland y recomendando a sus hijos que procuraran por todos los medios cuidarla y distraerla. La marcha de Mr. Tilney hizo pensar por primera vez a Catherine que en ciertas ocasiones una pérdida puede resultar una ganancia. Desde el momento en que quedaron solos los tres amigos se consideraron felices: podían entretenerse en lo que prefiriesen, reír sin tapujos, comer con tranquilidad y en absoluta confianza, pasear por donde y cuando les apeteciese. En una palabra: podían disponer libremente de su tiempo, sus placeres y hasta de sus fatigas y cansancio. Tales hechos hicieron ver a la muchacha cuan absorbente y completa era la influencia que sobre todos ellos ejercía el general y lo mucho que les convenía quedar libres de ella por un tiempo.
Tanta confianza y bienestar la llevaron a sentir cada día mayor cariño por el lugar aquél y por las personas que la rodeaban, hasta el punto de que le hubiera parecido perfectamente dichoso cada minuto de cada uno de los días que transcurrían veloces si el temor de verse obligada a alejarse en breve plazo de Northanger no hubiesen mermado en parte su felicidad. Desgraciadamente, iba a cumplirse la cuarta semana de su permanencia en aquella casa. Antes de que regresara el general habría transcurrido ya, y prolongar por más tiempo la estancia podía interpretarse como un abuso de confianza. La idea era dolorosa, en verdad, y para librarse cuanto antes de tal preocupación, Catherine resolvió hablar de ello con Eleanor, proponiendo la marcha, y deduciendo luego de la actitud y contestación de su amiga la decisión que convenía adoptar. Convencida de que si lo demoraba mucho tiempo le resultaría más difícil tratar la cuestión, aprovechó la primera ocasión que tuvo de hablar a solas con Eleanor para plantear el asunto, anunciando su decisión de regresar a su casa. Eleanor se mostró sorprendida e inquieta; contestó que había esperado que la visita se prolongara mucho más; hasta se había permitido creer -sin duda porque tal era su deseo- que la estancia de Catherine en Northanger habría de ser muy larga, y añadió que si Mr. y Mrs. Morland supieran el placer que a todos proporcionaba la presencia de la muchacha en aquella casa, seguramente tendrían la generosidad de permitirle que demorase la vuelta.