La abadía de northanger by Jane Austen

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Catherine era de gustos sedentarios, y aun cuando nunca había sido muy hacendosa, su madre no podía por menos de reconocer que estos defectos se habían agravado considerablemente durante la ausencia. Desde su regreso la muchacha no acertaba a estarse quieta un solo instante ni a ocuparse de quehacer alguno por más de diez minutos. Recorría el jardín y la huerta una y otra vez, como si el movimiento fuese la única manifestación de su voluntad, hasta el punto de preferir pasear por la casa a permanecer tranquila en la sala. Este cambio se hacía más evidente aún en lo que a su estado de ánimo se refería. Su intranquilidad y su pereza podían interpretarse como una manifestación caricaturizada de su propio ser; pero aquel silencio, aquella tristeza, eran el reverso de lo que antes había sido. Por espacio de dos días, Mrs. Morland no hizo comentario alguno sobre ello, pero al observar que tres noches sucesivas de descanso no lograban devolver a Catherine su habitual alegría, ni aumentar su actividad, ni despertar su gusto por las labores de la aguja, se vio obligada a amonestarla suavemente, diciendo:

-Mucho me temo, querida hija, que corres peligro de convertirte en una señora elegante. No sé cuándo vería el pobre Richard terminadas sus corbatas si no contara con más amigas que tú. Piensas demasiado en Bath, y debes tener en cuenta que hay un tiempo para cada cosa. Los bailes y las diversiones tienen el suyo, y lo mismo el trabajo. Has disfrutado una buena temporada de lo primero y es hora de que trates de ocuparte en algo serio.

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