Read "Sentido y sensibilidad" by Jane Austen online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Edward permaneció una semana en la cabaña; la señora Dashwood lo urgió a que se quedara más tiempo, pero como si sólo deseara mortificarse a sí mismo, pareció decidido a partir cuando mejor lo estaba pasando entre sus amigos. Su estado de ánimo en los últimos dos o tres días, aunque todavía bastante inestable, había mejorado mucho; día a día parecía aficionarse más a la casa y a su entorno, nunca hablaba de irse sin acompañar de suspiros sus palabras, afirmaba que disponía de su tiempo por completo, incluso dudaba de hacia dónde se dirigiría cuando se marchara…, pero aun así debía irse. Nunca una semana había pasado tan rápido, apenas podía creer que ya se hubiera ido. Lo dijo una y otra vez; dijo también otras cosas, que indicaban el rumbo de sus sentimientos y se contradecían con sus acciones. Nada le complacía en Norland, detestaba la ciudad, pero o a Norland o a Londres debía ir. Valoraba por sobre todas las cosas la gentileza que había recibido de todas ellas y su mayor dicha era estar en su compañía. Y aun así debía dejarlas a fines de esa semana, a pesar de los deseos de ambas partes y sin ninguna restricción en su tiempo.
Elinor cargaba a cuenta de la madre de Edward todo lo que había de sorprendente en su manera de actuar; y era una suerte para ella que él tuviera una madre cuyo carácter le fuera conocido de manera tan imperfecta como para servirle de excusa general frente a todo lo extraño que pudiera haber en su hijo. Sin embargo, desilusionada y molesta como estaba, y a veces disgustada con el vacilante comportamiento del joven hacia ella, aun así tenía la mejor disposición general para otorgar a sus acciones las mismas sinceras concesiones y generosas calificaciones que le habían sido arrancadas con algo más de dificultad por la señora Dashwood cuando se trataba de Willoughby. Su falta de ánimo, de franqueza y de congruencia, era atribuida en general a su falta de independencia y a un mejor conocimiento de las disposiciones y planes de la señora Ferrars. La brevedad de su visita, la firmeza de su propósito de marcharse, se originaban en el, mismo atropello a sus inclinaciones, en la misma inevitable necesidad de transigir con su madre. La antigua y ya conocida disputa entre el deber y el deseo, los padres contra los hijos, era la causa de todo. A Elinor le habría alegrado saber cuándo iban a terminar estas dificultades, cuándo iba a terminar esa oposición…, cuándo iba a cambiar la señora Ferrars, dejando a su hijo en libertad para ser feliz. Pero, de tan vanos deseos estaba obligada a volver, para encontrar consuelo, a la renovación de su confianza en el afecto de Edward; al recuerdo de todas las señales de interés que sus miradas o palabras habían dejado escapar mientras estaban en Barton; y, sobre todo, a esa halagadora prueba de ello que él usaba constantemente en torno a su dedo.