Sentido y sensibilidad by Jane Austen

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Nada ocurrió en los tres o cuatro días siguientes que hiciera a Elinor lamentar haber recurrido a su madre, pues Willoughby no se presentó ni escribió. Hacia el final de ese período, ella y su hermana debieron acompañar a lady Middleton a una fiesta, a la cual la señora Jennings no podía asistir por la indisposición de su hija menor; y para esta fiesta, Marianne, completamente abatida, sin preocuparse por su aspecto y como si le fuera indiferente ir o quedarse, se preparó sin una mirada de esperanza, sin una manifestación de placer. Después del té se sentó junto a la chimenea de la sala hasta la llegada de lady Middleton, sin moverse ni una sola vez de su asiento o cambiar de actitud, perdida en sus pensamientos y sin prestar atención a la presencia de su hermana; y cuando finalmente les dijeron que lady Middleton las esperaba en la puerta, se sobresaltó como si hubiera olvidado que esperaban a alguien.

Llegaron a tiempo a su destino, y apenas la fila de carruajes frente a ellos lo permitió, se apearon, subieron las escalinatas, escucharon sus nombres anunciados a viva voz desde un rellano a otro, e ingresaron a una habitación de espléndida iluminación, llena de invitados e insoportablemente calurosa. Cuando hubieron cumplido con el deber de cortesía y saludaron respetuosamente a la señora de la casa, pudieron mezclarse con la multitud y sufrir su cuota de calor e incomodidad, necesariamente incrementados con su llegada. Tras pasar algunos momentos hablando muy poco y haciendo menos aún, lady Middleton se integró a una partida de casino, y como Marianne no estaba de humor para dar vueltas por ahí, ella y Elinor, tras haber logrado con gran suerte un par de sillas, se situaron no lejos de la mesa.

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