Tirante el blanco by Joanot Martorell — Read

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Cuando pasó la princesa de esta vida, se apagó toda la luz imperial y los llantos y los gritos fueron tan grandes en palacio que resonaron en toda la ciudad. La triste emperatriz se desmayó de tal forma que los médicos no la podían hacer volver en sí; Hipólito se golpeaba la cabeza y la cara porque pensaba que la emperatriz había muerto. Finalmente, le hicieron tantas cosas que, después de una hora, volvió en sí con gran dificultad. Hipólito estaba continuamente a su lado, le restregaba las sienes y le rociaba con agua de rosas por la cara. Cuando recobró el sentido la llevaron a su habitación y la acostaron en una cama. Hipólito permanecía a su lado consolándola, diciéndole palabras de aliento y besándola muchas veces para recordarle sus amores, que nunca habían cesado.

Conviene recordar que la emperatriz amaba a Hipólito más que a su hija y que a sí misma por la gran bondad y gentileza que había hallado en él, ya que siempre la había obedecido en todo lo que le mandaba. Pero no creáis que Hipólito pasó gran dolor, porque en cuanto Tirante hubo muerto, pensó que él sería el emperador y más aún después de la muerte del emperador y de su hija ya que, confiando en el gran amor de la emperatriz, pensaba que lo tomaría por amor como hijo, porque como es sabido, es costumbre que las viejas quieran a sus hijos por marido para enmendar las faltas de su juventud.

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