Tirante el blanco by Joanot Martorell — Read

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El día que partieron, la princesa vistió una gonela de orfebrería, se puso el arnés que le habían hecho y, con un bello caballo blanco y con una virgen en la mano, iba capitaneando a su gente. Con ella iban las sesenta más bellas y galantes doncellas de toda la corte. Nombró a Estefanía como condestable; mientras que Saladria, hija del duque de Pera, era la mariscala; Comtesina actuaba de alguacil mayor; Placerdemivida llevaba el estandarte con la divisa pintada con la hierba amorval y una filacteria que decía: «Mas no a mí». Eliseu llevaba la gran bandera, mientras que la Viuda Reposada era la ujiera mayor de la cámara. De esta forma llegaron a las tiendas de Tirante, pero allí no encontraron a ningún hombre sano, excepto a los pajes que el capitán había mandado que se quedasen. El emperador llegó a la hora nona, pero Tirante había partido el día anterior a medianoche, había pasado el puente y, río arriba, había plantado la tienda en el centro de un valle que se llamaba Espinosa.

En cuanto el emperador se aposentó, mandó llamar al señor de Malveí. Cuando aquél se enteró, fue a presentarle reverencia y a contarle los virtuosos actos que Tirante hacía cada día. Mucho gustaba a la princesa oír todos aquellos loores de Tirante. Entonces el señor de Malveí suplicó al emperador que se dirigiese a su castillo, porque allí estaría mucho más seguro, y así lo hizo. Mientras, los barones sicilianos plantaron las tiendas cerca del río. Entonces el señor de Malveí, secretamente, mandó a un hombre para avisar al capitán de que habían venido el emperador, su hija y los barones de Sicilia. Pero Tirante mantuvo el secreto para que nadie se fuese con la excusa de ver al emperador. Solamente se lo hizo saber a Diafebus. Al llegar la medianoche, todo el mundo subió a caballo y Tirante hizo que cuatrocientas lanzas se colocasen delante, con Diafebus como capitán. Tirante rogó a Diafebus que permaneciese detrás de una roca que había a una legua del campo de los enemigos y que por nada del mundo saliese aunque vieran que se perdía la batalla o que lo mataban a él. Y no contento con esto, le hizo jurar que no se movería hasta que se lo mandase decir.

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