Los viajes de Gulliver by Jonathan Swift

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El autor evita una invasión con una extraordinaria estratagema. -Se le confiere un alto título honorífico. - Llegan embajadores del emperador de Blefuscu y demandan la paz.

El imperio de Blefuscu es una isla situada al lado nordeste de Liliput, de donde sólo está separada por un canal de ochocientas yardas de anchura. Yo no lo había visto aún, y ante la noticia del intento de invasión evité presentarme por aquel lado de la costa, no me descubriese alguno de los buques del enemigo, que no tenía de mí noticia ninguna, rigurosamente prohibida como está la relación entre los dos imperios durante la guerra, bajo pena de muerte, y decretado por nuestro emperador el embargo de todos los buques, sin distinción. Comuniqué a Su Majestad un proyecto que había formado para apresar completa la flota del enemigo, la cual, por lo que nos aseguraban nuestros exploradores, estaba anclada en el puerto, lista para darse a la vela al primer viento favorable. Consulté a los más experimentados hombres de mar acerca de la profundidad del canal, que sondaban frecuentemente, y me dijeron que en el centro, durante la marea alta, tenía setenta glumgruffs de profundidad, lo que equivale a unos seis pies de medida europea, y el resto de él, cincuenta glumgruffs lo más. Me dirigí hacia la costa nordeste, frente a Blefuscu, y allí, tumbado detrás de una colina, saqué mi pequeno anteojo de bolsillo y descubrí anclada la flota del enemigo, constituída por unos cincuenta buques de guerra y un gran número de transportes. Volví después a mi casa y di orden - para lo cual tenía autorización- de que me llevasen una gran cantidad del cable más fuerte y de barras de hierro. El cable venía a tener el grueso del bramante, y las barras la longitud y el tamaño de agujas de hacer media. Tripliqué el cable para hacerlo más resistente, y con el mismo fin retorcí juntas tres de las barras de hierro, cuyos extremos doblé en forma de gancho. Cuando hube fijado cincuenta ganchos a otros tantos cables volví a la costa nordeste y, quitándome la casaca, los zapatos y las medias, me entré en el mar, con mi chaleco de cuero, como una hora antes de subir la marea. Vadeé todo lo aprisa que pude y nadé en el centro unas treinta yardas, hasta que hice pie; llegué a la flota en menos de media hora.

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