Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

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Después de una semana de duelo, en que durante el día le rodeaban amigos vestidos de luto y por la noche pensamientos vestidos de luto también, Anatolio logró aislarse una tarde en el despacho de los pasantes, cuando se marcharon los cuatro o cinco rábulas Incipientes que iban a divertir allí un par de horas entretenidos en agradable conversación, mientras los pleitos, con sus folios cerrados, les esperaban riendo a más y mejor. Buena falta le hacía aquel aislamiento. Sus ideas necesitan el reposo y la paz precisas para que cristalizaran en esas hermosas formas geométricas de la lógica; andaban revueltas, confusas y desordenadas. Además, no solo sus ideas le tenían pensativo; no sólo su pasado le preocupaba; no sólo el presente doloroso le causaba profunda pena: el porvenir se presentaba a sus ojos como una fiera boca monstruosa, armada de cien dientes de dragón, dispuesta a devorarle. Aquella carta que tenía dentro del bolsillo le abrasaba. Era un vil papel de color azulado, que olía a perfume; mareábale este perfume; las cinco o seis líneas que una mano negligente había trazado en aquella cuartilla le corrían por la inteligencia como inquieta procesión de hormigas de fuego; el heráldico timbre del sobre, grabado con lujosa profusión de colores, érale como insoportable signo de algo ominoso.

Habían dado las cinco. El sol entraba de soslayo, como una mirada bizca, a examinar los pájaros de oro que había pintados en el papel de la estancia. Adornaban ésta cuatro sillones de rejilla verde y negra caoba, dos órdenes de estantes, en que se veían apretadas filas de libros encuadernados con lujo; un retrato de don Adrián Ustáriz, vestido de toga, y cuyo rostro juvenil, peinado a la moda de tiempo de Espronceda, ostentaba cabellera abundante, cuidadosamente peinada; una mesa redonda, puesta en el centro de la habitación y cuyas patas torneadas amenazaban arrodillarse bajo la pesadumbre abrumadora de un mediano monte de papeles revueltos y alborotados, como si los diversos y múltiples intereses en cuya defensa se habían escrito, hubieran trabado una reñida batalla para dirimir sus añejos litigios; otras cuatro mesas de escritorio con tinteros de cristal tallado, salvaderas de laca negra, perros y ciervos de bronce que tenían, quier en la boca, quier en los cuernos, el astillero de las plumas, periódicos del día, cuidadosamente plegados unos, como diciendo: «A mí no hay quien me lea!, otros arrugados y llenos de dobleces, como diciendo: «¡Miren y de qué manera nos ha dejado la opinión»; ciertas vasijas de latón para contener las negras puntas de ya fumados cigarrillos, y dos trasparentes, uno en cada ventana, representando el más lejano de Anatolio un paisaje suizo, con lago azul, casa amarilla, árboles negros, pastores verdes y borregos dorados, y el otro las diversas metamorfosis de Brachma, en una serie de muñecos ventrudos y cabezudos, que nacían de un gran árbol de oro, como fruto humano monstruoso.

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