Explore "Rasgos españoles: El ángelus" by José Ortega Munilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
En lo alto de la loma llena de cardos y tomillos, el viejo se detuvo, descubrió la cabeza, puso el sombrero bajo un brazo, y juntando las manos oró. A lo lejos, la campana de la iglesia sonaba lentamente, y las vibraciones se extendían en un aire azulado, tibio, en el que palpitaban perfumes misteriosos. Volaban las golondrinas chillando, cantaban los grillos, y de cuando en cuando el autillo lanzaba su nota desde el nido oculto. Era la hora vespertina del Ángelus.
Y cuando hubo puesto fin a sus oraciones, callada la campanita, cuyo postrer latido murió al unirse en el reposo la copa de bronce y el badajo, el viejo contempló la aldea que en una hondonada aparecía, con su caserío de adobes, con sus chimeneas bajas que entonces empezaban a humear, con sus calles angostas, y en el centro el espacio irregular de una placeta, por las que andaban cerdos, perros y gallinas. Un labrador que tornaba al pueblo, montado a mujeriegas en una de las mulas de su yunta, saludó al viejo, diciendo: «Buenas tardes, señor cura.» Y el viejo devolvió el saludo llamando por su nombre de pila al labriego.