Explore "El niño vestido de blanco" by José Ortega Munilla on Textopian. Read with annotations and highlights.
En el mes de mayo veréis por las calles muchos niños vestidos de blanco. Las muchachitas llevan un velo que las cubre la cabeza y el traje. Los muchachitos lucen en el brazo derecho un lazo. Unos y otras adornan sus cuellos con cadenas de que penden una cruz y una medalla. Ellos van alegres, orgullosos, satisfechos, y les acompañan padres, abuelos, hermanos. No es necesario que diga que esos angelitos acaban de hacer su primera comunión. El magno acontecimiento ha puesto en el hogar en que ellos moran tierno júbilo, emoción infinita. Es uno de los pocos momentos de poesía que estremecen dulcísimamente la vida de la familia. Piadosos y descreídos coinciden en la satisfacción.
Recuerdo esta anécdota: Jaurés, el gran orador socialista de Francia, inicuamente sacrificado por un energúmeno del «chauvinismo», no era creyente, pero su esposa lo era. Quiso ella que su hija viviera en el seno de la Iglesia de Dios, y cuando llegó la ocasión, la llevó a recibir el pan eucarístico. Los intransigentes amigos de Jaurés increparon a éste por haberlo consentido. Y el hombre, por tantos motivos desventurado, contestó: «¿Qué idea tenéis de la libertad? Yo la quiero para todos. ¿Cómo había de negársela a la hija de mi vida? Ella cree. Feliz ella. Feliz también mi compañera, que cree asimismo. No sólo he consentido lo que era un derecho de la niña, sino que he vestido mi alma de blanco para honrar la pureza de ese acto, en el que mis dos corazones adorados han cumplido un alto anhelo.»Y estas palabras, que traen a mi memoria el maravilloso cuento, de Balzac, La misa del ateo, son aplicables en infinitos casos en que no todos los que viven bajo el mismo techo piensan y sienten con unanimidad respecto al magno problema de la existencia.