La capeta en el invierno by José Ortega Munilla

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No recuerdo cuándo fue. Sé que hace tiempo. Era una tarde huracanada y lluviosa del mes de enero. Los lejanos montes estaban cubiertos de nieve. Desde la ventana de la casa de un cazadero en que yo me hallaba, veía cómo los árboles se torcían al impulso del viento, mientras la tierra se llenaba de agua. Los labriegos habían abandonado los surcos, y los más valientes tornaban de prisa a la aldea, refugiándose detrás de la yunta, con la cabeza tapada por la manta. Negro el cielo, trágica la tierra, todo lo vivo buscaba un escondite en que guarecerse. Y nosotros, los felices cazadores, mientras ardía en la chimenea un montón de leña, esperábamos la hora de la suculenta comida. Iban y venían los criados del rico anfitrión preparando la mesa con la elegancia y el lujo de quien «hasta entre tomillos es señor». Seguía yo mirando por el turbio vidrio de la ventana, y dije: «Esto es el desierto. El miedo al temporal ha ahuyentado a los hombres… » Pero de repente descubrí a lo lejos una pequeña mancha negra que se movía y avanzaba. Entre los torrentes del agua llovediza era imposible adivinar lo que aquello era. Fijé la vista, tomé los anteojos, y en su campo cristalino saltaron dos figuras humanas. Los trajes grises se confundían con el color del suelo y de la atmósfera; sobre las dos siluetas palpitaba algo brillante; más abajo ondeaban dos guiñapos obscuros… Sí, no había duda. Era una pareja de la Guardia civil. Alejábanse las dos siluetas, en marcha uniforme, lenta, marcial, mientras el huracán los combatía, y las dos capetas negras se movían, ya plegándose sobre los cuerpos, ya levantándose como alas.

Pregunté al guarda del monte, y este me dijo, después de columbrar el campo:

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