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Ambos caballeros abandonaron Rosings a la mañana siguiente. Collins estuvo a la espera cerca de los templetes de la entrada para darles el saludo de despedida, y llevó a casa la grata noticia de que parecían estar bien y con ánimo pasable como era de esperar después de la melancólica escena que debió de haber tenido un lugar en Rosings. Collins voló, pues, a Rosings para consolar a lady Catherine y a su hija, y al volver trajo con gran satisfacción un mensaje de Su Señoría que se hallaba muy triste y deseaba que todos fuesen a comer con ella.
Elizabeth no pudo ver a lady Catherine sin recordar que, si hubiera querido, habría sido presentada a ella como su futura sobrina; ni tampoco podía pensar, sin sonreír, en lo que se habría indignado. ¿Qué habría dicho? ¿Qué habría hecho? Le hacía gracia preguntarse todas estas cosas.