Explore "Alma vasca" by José María Salaverría on Textopian. Read with annotations and highlights.
La alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.
Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos físicos.