Explore "Amalia" by José Mármol on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pero no bien nuestro secretario privado tuvo un pie en la vereda, y otro sobre el alto escalón de la portería del convento, cuando una mujer, con sus gruesos rizos negros en completo desorden, y cuyo gran pañuelo de merino blanco con guardas rojas arrastraba la punta de su ángulo cuatro o seis dedos más abajo de la falda del vestido, le tomó el brazo y exclamó:
-¡Ah, qué felicidad! Son los dioses del Olimpo los que me han conducido por esta senda. ¡Oh! Ya no tenemos que temer del hado, pues que he hallado a usted.