La noche buena by José Tomás de Cuéllar — Read

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La sala había quedado completamente iluminada. De un par de candelabros de 24 luces, que el General había comprado en un remate, se desprendían haces luminosos que, arrancando al tapiz blanco y oro de la pared reflejos metálicos, arrojaban como una cascada de hilos de plata sobre el vestido rosa pálido de Julia. Parecía que adrede algunas de las velas esteáricas del candelabro estaban enviando rayos directos a los párpados superiores de la reina de la fiesta, y aquellos rayos, como las palomas que se posan en una cornisa de mármol, proyectaban su sombra a los ojos de Julia, y no así como quiera, sino que debajo de esa sombra estaba escondiéndose aquella línea negra del párpado inferior que Julia se había pintado por la primera vez.

Este valioso préstamo de la luz de la estearina estaba dando a los ojos de Julia un valor sin límites, de que ni ella misma se daba cuenta. Tenían sus ojos un fondo de pasión y de fuego tal, que la mirada habitual de Julia, de suyo penetrante y mal intencionada, tenía ahora un poder misterioso e irresistible. Tanto así influye en el dibujo el más ligero toque maestro en las líneas del ojo; tanto así está el pobre hijo de Adán en esta vida bajo la influencia de una línea de carbón y del toque de luz de una vela. Lo confesamos ingenuamente: los ojos de Julia aquella noche, por un conjunto de pequeñas causas, de esas que pasan inadvertidas para todos, eran unos ojos capaces, como el genio del mal, de conducir las almas por la senda del pecado. Con decir que el Chino, el pagador aquel, servicial e inofensivo y que era el factótum de la casa, se quedó alelado por largo tiempo contemplando a Julia; y la contempló con tal ahinco que ésta no pudo menos de preguntarle:

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