El lazarillo de Manzanares

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No me pareció ir a las Indias por cumplir, ya que no en todo, en parte, lo que mi amo me ordenó, porque como él me dijo, el ingenioso en España las tiene. Y si en algún tiempo había de ir era en éste, porque en él me hallaba pobre, mas un canónigo que iba a Madrid me ofreció llevarme a él y ayudarme en mi fingido negocio, y si después gustaba me volvería a Sevilla, teniéndome no por su criado, sino por su compañero.

Acepté lo uno y lo otro, porque me pareció había hallado otra fortuna como la del ermitaño. En esta casa me debieron de dar hechizos, porque yo me sentía bueno, comía y bebía bien y dormía mejor, y no tenía gana de trabajar. Estaba en compañía de mi amo una señora viuda hermana suya y dos sobrinos, hijos suyos, traviesos más que cuantos muchachos yo vi en mi vida. Estos me encomendó su tío para que los llevase al estudio y repasase las liciones. Hacíanme perder el juicio, mas con tan buen ingenio y tan graciosamente que muchas veces me entretenían. Su madre era muy buena mujer, y su hermano hombre que trataba de hacer la piedra filosofal, para lo cual le ayudaba un portugués, grandísimo bellaco, como adelante se verá. La ida a Madrid se quedó por entonces y yo empecé a alicionar los muchachos.

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