El lazarillo de Manzanares

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Heme aquí, vuesa merced, gracias a Dios fuera de la cárcel, desenamorado, con algunos dineros que me dio el canónigo, entendido en las cosas del mundo y con intento de escarmentar, que es lo mejor. Deseará saber qué camino seguí luego, pues dígosele: yo sabía leer y escribir muy bien y contar mejor, y latín más que medianamente, porque como he dicho, me lo enseñó con curiosidad el ermitaño. Díjele a mi amo que me ayudase para poner una escuela; hízolo; alquilé una casa en la parrochia de San Pedro, entre la de un valiente y un médico, puse encima un rótulo que decía mi nombre y cómo enseñaba también latín, y a lo uno y a lo otro iba a sus casas. Y como me hiciesen otras grandes ventajas en todo lo que yo quería enseñar, me acordé de aquel mi antiguo maestro que me dijo que Ulises no fue valiente, sino astuto, y que cualquier hombre había de mostrar su ingenio no en igualar al que le hacía ventajas, sino en echalle el pie delante en la medra, por cuya lición hize un hábito de tercero y me puse un rosario al cuello, con lo cual y con no ser del lugar me llevé todos los muchachos de Sevilla.

Ahora, ¿no es donoso engaño y en general en todos que crean que los naturales de sus tierras ignoran lo que profesan?, y por lo menos, ¿han visto que si han errado en algo han acertado en mucho, y que los estranjeros que vienen a ellas las aciertan todas sólo con sus dichos dellos? Y ansí las fortunas son para estraños, particularmente casamientos, y más si un hombre habla algarabía y nació en Génova o Italia, ¡allí es ello! Todos se despeñan con sus hijas y haciendas, y más si el concierto ha de pasar por mano de las madres, que creen lo que ellos las dicen como si el hacienda que prometen viniese en lo prometido.

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