La clase media by Juan Díaz Covarrubias — Read

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A las tres, Román y Gabriel montaron en un coche en la gran Plaza de Armas. El cochero recibió la orden de conducirlos a Tacubaya. Como se había convenido entre Enrique y Gabriel, Isidoro debía llevar las pistolas, una de las cuales se debía cargar solamente. Román se reclinó en el fondo del carruaje y con la cabeza entre las manos, se dejó avasallar por la influencia de una triste meditación. Todo su pasado se presentó con vivos colores a su imaginación calenturienta y presa de mil contrarias impresiones. Pensó en su infancia tan serena, pasada al lado de su madre en un hermoso pueblecito de la costa veracruzana, en su bella hermana, ¡pobre ángel, cuyo porvenir no fue de este mundo y que voló a esperar en otro más verdadero a su madre!, en aquellos alegres paseos en lancha por la azul superficie del mar, en sus excursiones por tierra a Veracruz, en su triste despedida el día que tuvo que partir para Europa, en sus diez años de estudio, de meditación, de práctica en los hospitales de París, en sus viajes por la Alemania y la Italia, en su dolor al volver a México y hallarse sin un pariente, sin un amigo, entregado al desamparo de la miseria, teniendo que vivir pobremente mientras encontraba un destino, con los restos que había conseguido salvar del naufragio de su fortuna, y sobre todo, en aquella joven que se había presentado en su camino, tan bella, tan desdichada, para despertar en su alma un sentimiento nuevo, pero impregnado de un atractivo irresistible, eterno, avasallador de su existencia; ser de su ser y alma de su alma, bella imagen que semejante a un espejo de la creación, se le presentaba en todas partes, durante el día en cada luz del astro rey, durante la noche en cada vaga penumbra de la pálida deidad del cielo, en cada temblante fulgor de las estrellas, durante la tarde en cada celaje, en la media luz de cada tinta crepuscular; cielo de su día, lámpara de su noche, dulce olvido de su pasado, eterna idea de su presente, vaga esperanza y apacible luz de su porvenir, casta y doliente imagen que convertía sus sueños en una continuación de la vigilia, nombre repetido mil y mil veces por los labios del alma, escuchado en cada suspiro del ambiente, escrito con caracteres de fuego, en las tinieblas de su corazón. Qué importaba la muerte si un minuto antes se podía decir: «Corazón mío, ámala aún; pensamiento, retrata su imagen; ojos míos, lloradla; labios, pronunciad su nombre por la última vez. Muerte, llévame a continuarla idolatrando en la eternidad. ¡Dios mío, dadle en felicidad, cuanto yo le di en amor sobre la tierra!»

Quien haya sentido alguna vez al despertarse una pasión inmensa en su alma, convertir su cuerpo en una fiebre que anda, que se agita movido por una sola idea, la idea de esa pasión, comprenderá muy bien el estado de Román al decir su adiós a aquella encantadora ilusión cuya realidad se llamaba Amparo.

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