Bajo las lilas by Louisa May Alcott

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Pocos días después se le permitió a la señorita Celia caminar un corto trecho, y aunque tenía un brazo en cabestrillo y andaba algo tiesa estaba mucho mejor de lo que hubiera podido esperarse, razón por la cual todos estuvieron de acuerdo y afirmaron que el señor Paine había estado en lo cierto al asegurar que el doctor Mills «era un experto en arreglar huesos rotos». Dos devotas enfermeras la atendían y dos pajes estaban siempre prontos para cumplir sus órdenes; vecinos afectuosos enviaban, de continuo, ricos presentes y la gente joven, gracias a ello, estaba siempre muy ocupada.

Todas las tardes colocaban en el jardín una silla de reposo, y la interesante inválida era llevada hasta allí por la robusta Randa, que era su «nurse» de cabecera, mientras la seguían chales, almohadones, banquitos y libros que eran transportados por lo que parecía un enjambre de abejas que iba zumbando en pos de su reina. Cuando todo quedaba en orden, las pequeñas enfermeras se ponían a coser y los dos pajes leían en alta voz. La lectura era amenizada con abundantes comentarios, porque se había establecido que todos debían atender y que si alguno no entendía debía pedir inmediatamente una explicación. Cualquiera podía dar la explicación pedida, y al final de la lectura, la señorita Celia podía hacer preguntas o agregar los comentarios que creyese oportuno. De ese modo podía sacarse gran provecho de las lecturas que hacían Ben y Thorny, cada uno podía hacer gala de sus conocimientos, y, como si esto fuera poco, crecía la pila de toallas finalmente vainilladas, trabajo por el que Bab y Betty eran remuneradas como cualquier costurera.

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