Explore "Jeromín" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Recibió Don Juan de Austria el mensaje del marqués de Santa Cruz a dos millas de Túnez, en un lugarejo desierto que llamaban Diana, donde había acampado. Mandó dar al punto un pregón anunciando que daba a saco la ciudad de Túnez, a condición de que no se hiriese, ni matase, ni hiciese esclavo a persona alguna. Púsose de seguida en marcha y a las dos llegó a Túnez: dejó al ejército en formación ante las murallas, y entró solo con sus capitanes para reconocer la ciudad por sí mismo, disponer los cuarteles y alojamientos a fin de evitar desmanes de la soldadesca y dar seguro a los moros que se presentasen, que fueron todos los que había en Túnez. Saliole al encuentro el alcaide de la Alcazaba con otros moros principales y presentole las llaves de la fortaleza, con una humilde arenga digna al mismo tiempo. Escuchole Don Juan con mucha cortesía sin apearse del caballo, y no tomó las llaves que rendidamente de rodillas le presentaba el alcaide; hizo seña al marqués de Santa Cruz de que las tomase él y las guardase en señal de haber sido el primero que penetró en la plaza[29]. Escribió luego desde la misma Alcazaba a su hermano Felipe II, anunciándole que era ya su majestad señor de Túnez sin haberse disparado un tiro, y dio al fin la señal del saco, que fue abundante y en cuanto cabe ordenadísimo, sin más desmanes que la muerte de un viejecillo refugiado en una mezquita y varios incendios promovidos por los italianos, lo cual castigó Don Juan sin pérdida de tiempo, haciendo ahorcar a cuatro de ellos. «Hallose en la ciudad -dice el Diario de fray Miguel Serviá- mucho trigo, cebada, lana, manteca, aceite y mucha ropa; pimienta, canela, clavo, jenjibre, muy ricas porcelanas y almaizales. Sacaron de pozos, cisternas y silos muy ricas aljubas, oro, plata y otras cosas; y aquellos primeros días no se comía otra cosa sino gallinas, porque eran sin cuento las que se hallaron. Repartiéronse los soldados luego por sus cuarteles, y no entendían en otra cosa sino en cavar por diversas partes de la ciudad y buscar ropa y aprovecharse de lo que podían, y luego sacaban a vender lo que hallaban, dando la ropa a muy bajo y vil precio. En algunas partes de la ciudad pusieron los italianos fuego, cosa de que su alteza mostró enojarse mucho, pero luego acudió mucha gente y se remedió.»
En la Alcazaba sucedió a Don Juan un muy extraño caso: era este alcázar, como ya dijimos, muy espacioso y fuerte; tenía dentro de sus muros anchos patios claustrados, huertas, jardines y muy cómodas habitaciones ricamente alhajadas a la usanza morisca, con pavimentos y fuentes de mármol blanco. Eran estas habitaciones las del rey Muley-Hamida, y allí se aposentó Don Juan: había en ellas una escalera de caracol que bajaba a un jardinillo muy fresco, con callecitas de arrayán y preciosos arriates de flores y naranjos, limoneros, membrillos y granados; más allá estaban los baños, y detrás de éstos la parte vieja y ruinosa de la Alcazaba. El día después de su llegada bajó Don Juan a este jardín a la hora de siesta en busca de fresco; acompañábanle Gabrio Cervelloni, capitán general de la artillería, y Juan de Soto, y sentáronse en una especie de bancos de azulejos moriscos que a la sombra de unas espesas enredaderas había; el calor, la hora, el suave sosiego de aquel delicioso sitio, y el rumor del agua que corría tornaron bien pronto la plática desmayada y sumiéronles al fin en ese dulce embeleso que suele preceder al sueño. De repente saltó Cervelloni de su asiento echando mano a la daga, y otro tanto hicieron Don Juan y Soto.