Jeromín by Luis Coloma — Read

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Dejó Antonio Pérez libre La Casilla a Don Juan de Austria y a su servidumbre, y retirose él con su mujer y con sus hijos a su otra casa de la villa, magnífica también y suntuosa, que era la del conde Puñonrostro, medianera con la iglesia de San Justo[36]. Diariamente, sin embargo, acudía a La Casilla a hacer su corte a Don Juan, y le acompañaba y le servía en sus visitas, asuntos y diversiones. No perdía el tiempo Antonio Pérez, y ya por el camino de Guadalajara habíale ponderado a Don Juan el disgusto de Don Felipe, y ofrecídose de marchar en postas a El Escorial y ver de aplacarle con algún pretexto que él urdiría. Hízolo así, en efecto, no bien dejó instalado en La Casilla a su ilustre huésped, y juntos en El Escorial el rey y el secretario, concertaron que Don Juan se presentase allí cuanto antes para no retardar más su ida a Flandes, y que Pérez le vendiera la fineza de haber aplacado el enojo del rey, para más afianzar la incauta confianza de Don Juan, que tan traidoramente se iba captando.

Recibió Don Felipe, en efecto, a su hermano con afabilidad suma, y sin hacer la menor alusión al desagrado que su venida le causara, levantose al verle entrar en su cámara, y, en vez de darle a besar la mano, le abrazó cariñosamente, sucediendo entonces lo que sucedía siempre que los dos hermanos se entendían frente a frente: que los hielos se fundían, los recelos se apagaban y la leal franqueza de Don Juan penetraba y aun dominaba con simpática influencia la fría reserva de Don Felipe. No consta en ninguna parte que Don Juan le hablase aquella vez, como pensaba, de su tratamiento de infante; quizá le disuadió el artero Antonio Pérez, o quizá desistió él mismo, en vista de la decisión terminante de Don Felipe de organizar la jornada de Inglaterra, según el proyecto de Gregorio XIII, en cuanto Flandes estuviese pacificado. Estas promesas de Don Felipe fueron tan claras y terminantes, que no es posible creer, como Antonio Pérez asegura, que fuesen una simple estratagema para estimular a Don Juan con aquellas esperanzas, sin suponer en Felipe II una falsía y una mala fe capaz de arrollarlo todo y pisotearlo todo, que es lo que Antonio Pérez pretende. Porque no era solamente Don Juan el defraudado con esta estratagema; éranlo también el Soberano Pontífice, iniciador y principal apoyo de la jornada de Inglaterra; éranlo los lores ingleses y escoceses y todos los católicos de aquellos reinos, que exponían sus vidas y haciendas, y éralo, sobre todo, aquella desdichada reina de Escocia, que, engañada con aquellas falsas esperanzas, desperdiciaba ocasión y tiempo de emplear otros medios más seguros que la librasen del cautiverio y de la muerte. Por otra parte, no se limitó Felipe II a hacer estas declaraciones y promesas a Don Juan privadamente y de palabra; hízoselas también por escrito en dos cartas que le escribió a Flandes, recién ido a Madrid en noviembre de 1576. He aquí estos dos importantes documentos, que deben leerse con atención suma, porque ellos encierran la norma de la leal conducta de Don Juan en aquel gobierno:

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