Explore "Pequeñeces" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Diógenes no se dio cuenta de haber recibido la extremaunción, y tranquilo en parte por la respuesta del fondista comenzaron a abrirse paso otros pensamientos entre las espesas nieblas que envolvían su mente… Mas un sopor pesadísimo, un letargo profundo, que tenía ya dejos de la muerte, avasallaba a veces todo su ser y esparcía acá y allá aquellas ideas que se afanaba por coordinar, apareciendo estas entonces como imperceptibles puntos luminosos flotando en una inmensa bruma, alejándose lentamente, apagándose poco a poco todos ellos hasta quedar uno solo, que ora se le presentaba desconsolador como la candela de la agonía, ora triste como el cirio que arde ante un muerto, ora terrible como un resplandor de las llamas del infierno: ¡era la idea de morir, acompañada y rodeada de la incertidumbre de lo eterno!…
Crecía a veces el letargo y apagaba también aquella luz pavorosa, pero al fin y al cabo luz, y al verse a oscuras Diógenes, al sentirse caer en aquel sueño que le parecía el último, en aquella sombra negra en que se perdía la mirada y en aquel silencio siniestro en que se perdía la voz, clavaba las uñas en las sábanas y las hacía jirones, como si se agarrase desesperadamente al borde de la fosa en que le hubieran de enterrar… y despertaba, despertaba no bien había pegado los ojos, como si algún importuno le empujara de improviso, con pesadillas horribles en que los más ligeros ruidos tomaban proporciones colosales, pareciéndole el rumor del tren el de una catarata de bronce fundido que se despeñase en sus orejas; el de los cascabeles de un coche, redobles de mil tambores golpeando en sus propios tímpanos; el chirrido peculiar de las carretas vascongadas, el soñua que avisa al casero vasco en las revueltas del camino, un ruido del infierno que por diabólico prodigio se encarnase en una sierra candente y le dividiera la masa de los sesos mitad por mitad… Así pasó la noche; un poco antes del alba desapareció el sopor, huyó el letargo con sus pesadillas, y un sueño tranquilo le adormeció entre sus brazos más de dos horas. Un ruido acompasado que hacía mal a su cabeza y resonaba como un eco amigo en su corazón despertóle entonces: era la campana de la iglesia que tocaba a Misa.