Explore "Pequeñeces" by Luis Coloma on Textopian. Read with annotations and highlights.
Una hora larga tardó la justicia en acudir para reconocer y levantar el cadáver; hallábase este atravesado en la acera, tendido sobre el lado derecho, descansando la cabeza contra el zócalo del pabellón del ministerio de la Guerra, debajo de la segunda ventana. Tenía en la sien derecha una fuerte contusión, producida sin duda por el golpe dado al caer, y en el lado izquierdo del cuello una tremenda puñalada que le dividía por la mitad la arteria carótida. Un gran torrente de sangre, que de allí había brotado empapaba su ropa y humedecía la tierra. En la esquina misma de Recoletos y la calle de Alcalá veíase sobre la acera una rica talma de pieles de castor, manchada también de sangre; hasta que llegó el juez nadie se atrevió a tocarla.
Pronto quedó identificado el cadáver: encontráronle en el bolsillo la esquela recibida aquella misma tarde, dando la falsa cita, las dos cartas de Garibaldi al Hº. Neptuno y varias tarjetas en que constaba el nombre del marqués de Sabadell. Era este nombre harto conocido, y al horror natural que inspira todo crimen unióse entonces en los presentes ese espanto mezclado de sorpresa con que ve el vulgo derrumbarse una fortuna en el abismo de una desgracia, caer a un poderoso desde los almohadones de su coche sobre la mesa destinada en un hospital a hacer a los cadáveres la autopsia. La noticia corrió de un extremo a otro de la corte, sin hacer derramar una lágrima, pero despertando por todas partes la admiración, el espanto y, sobre todo, la curiosidad; la curiosidad ansiosa y hasta, por decirlo así, rabiosa de conocer los pormenores de aquel drama misterioso, más interesante que los lúgubres episodios de Ana Radcliffe y las dramáticas aventuras de Clara Harlowe. Varios socios del Veloz corrieron al hospital a ver el cadáver, y en la esquina del ministerio de la Guerra viose todo el día un gran cerco de gente contemplando con cierta curiosidad pavorosa el pie de aquella ventana en que parecía vagar aún la sombra siniestra del crimen. Por la tarde, cuando la mayor afluencia de máscaras y de gente acudía al Prado y a Recoletos, nadie osaba pisar aquel sitio regado de sangre, y llamábanse todos a la acera opuesta, lanzando a la segunda ventana una mirada larga y medrosa.