El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

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Se ha dicho que Aurora era una muchacha linda, rica y que podía llamarse de gran tono: la repentina muerte de las pordioseras y el fistol de Rugiero, que llevó una que otra noche al teatro, la hicieron más de moda, y no había jovencito petimetre ni almibarado que no la enamorase. La aventura que se acaba de referir ocasionó que algunos días estuviera triste; pero las explicaciones de algunos médicos que habían hecho sus estudios en París, sobre la resurrección de los muertos y la catalepsia, las caricias de Carmelita, a quien cada día quería más, las visitas, las tertulias y el teatro, disiparon muy pronto la leve sombra que empañó por unos días la aureola brillante de que estaba rodeada. Lejos de que hubiese disminuido su belleza, había aumentado visiblemente; una poca más de edad dio a sus formas una morbidez seductora, sin que por esto perdiera su flexibilidad y elegancia; en cuanto a su moral, preciso es confesar que había sufrido algo, pues las continuas lisonjas que le prodigaba todo el mundo, y la multitud de adoradores que la cercaban en la iglesia, en el paseo, en el teatro, en su casa misma, la habían hecho concebir una alta idea de su poder, como mujer hermosa; y en efecto, no carecía de razón. Apenas un ligero ruido de las sillas anunciaba su presencia en el teatro, cuando los abonados del patio, y aun de los palcos, volvían la vista; los gemelos se dirigían a su palco, y un murmullo de aprobación subía a lisonjear sus oídos: ella sonreía con gracia y naturalidad, y pagaba de esta manera estas adulaciones populares.

Al entrar en la iglesia, encontraba en el atrio a ocho o diez jóvenes, de los mejor vestidos, de los más elegantes en maneras y en figura; y si Aurora oía tres o cuatro misas, los jóvenes afectando mucha devoción, se quedaban también en la iglesia. En el paseo, llevaba al estribo del coche, siempre tres o cuatro edecanes, que la seguían toda la tarde hasta que regresaba a su casa; y no la abandonaban sino para volverla a ver a las ocho en el teatro. Virginia, la famosa modista Virginia Gourges, era la encargada de vestir con las más ricas y caprichosas telas, las suaves y encantadoras formas de Aurora; y las demás muchachas, aunque en el fondo de su alma le tenían envidia, se veían en la necesidad de imitar su peinado, el color de sus trajes, y hasta sus maneras y graciosos movimientos. A pesar de todo esto, Aurora no había perdido aún la belleza de su corazón; era la mujer más caritativa del mundo; y lo que hemos visto que hacía con tía Marta, lo repetía con porción de pobres familias; a unas les daba una corta pensión mensual, a otras les enviaba diariamente algo de comer, y a las más las vestía, regalándoles ropa casi nueva con el olor todavía de su cuerpo sano y virgen. Visitaba a los niños de la cuna, y les regalaba ropa; auxiliaba a los enfermos del hospital de San Andrés, y en una palabra, tenía casi manía de hacer obras meritorias. En cuanto a la práctica exterior de la religión, tampoco la olvidaba; oía misa algunos días de trabajo; rezaba rosarios y multitud de oraciones; bordaba palios y vestidos de imágenes, y tenía íntimas relaciones con las monjas capuchinas, y con las superioras de la Concepción, Santa Clara, Jesús María y Balbanera; era un corazón de cera, que tan pronto recibía las impresiones amorosas y apasionadas en un baile, como lloraba cuando escuchaba un sermón del obispo Madrid, del padre Abolafia o del padre Pinzón. Lloraba como una niña con Pablo el Marino; se reía a carcajadas con el Muérete y verás, de Bretón, y se asustaba con la Berlina del emigrado. Agradecía los cumplimientos de los amantes; se enternecía y le daban lástima aquellos que por ella sufrían; pero su corazón no se fijaba en ninguno, y de vez en cuando experimentaba una profunda melancolía; el recuerdo de Arturo venía a sorprenderla en medio de sus placeres, y no sabía si era amor u odio lo que sentía por el joven orgulloso, que le había dirigido, en vez de palabras aduladoras y amorosas, sátiras duras y picantes.

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