Explore "El fistol del diablo" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
En México, como decía Fenelón de la isla de Calipso, reina una eterna primavera: con excepción de las tremendas tempestades que marcan los Equinoccios, y de algunos días en que los vientos de la Groenlandia, atravesando el Océano y las tierras del Norte, empujan las nubes hasta los altos picos de nuestras cordilleras, la estación del invierno es una de las más hermosas. El cielo aparece diariamente limpio, de un azul puro y transparente, en cuyo fondo se dibujan las caprichosas formas de las montañas, y los pinos y encinas de que está poblada la cresta de las sierras. El panorama se extiende profundo e indefinido, y la vista no se separa de una línea de colinas, con sus sembrados de trigo de un verde esmeralda, sino es para penetrar en otra escena más lejana y más bella, donde se distinguen la blanca torrecilla de una iglesia, la chimenea de alguna fábrica, lanzando en la limpia atmósfera una delgada columna de humo, y la montaña más alta y elevada, en cuyos declives se ostenta una vegetación, que parece que nació para no morir ni marchitarse jamás. En uno de estos días llenos de luz y de vida, en que con los átomos de oro que llenan la atmósfera, parece que circula la alegría y el placer, caminaba con dirección a San Luis Potosí una numerosa caravana, que no era otra que la de nuestros amigos, que, habiendo continuado su camino evitando el paso difícil de la sierra, se acercaban a las posesiones de Teresa. Desde la altura de una de las lomas que forman los gigantescos escalones de nuestra Sierra-Madre pudieron divisar las cúpulas y las torres de las iglesias de la ciudad, tendida en una llanura, y que ha unido sus construcciones y sus calles nuevas españolas, con las casas y las construcciones antiguas de los pueblos aztecas.
Teresa y Manuel, a pesar de todo lo que habían hablado, tenían mucho que decirse; pero nada se habían dicho, porque era tan íntimo, tan tierno, tan sagrado, que temían entrar, en medio de un camino y llenos de fatiga, en explicaciones amorosas, que exigían el reposo y la tranquilidad: semejantes a los niños que compran un primoroso juguete, y que lo ocultan y guardan con esmero hasta que llegan a su casa, y entonces lo descubren, lo ensalzan y se vuelven locos con él, así Teresa y el capitán no querían ni aun probar esa copa de felicidad, que esperaban apurar, una vez que hubiesen llegado al término de su viaje y realizado el plan que se habían propuesto seguir. Teresa, sin embargo, más impaciente que Manuel, porque siempre hay más amor en el corazón de las mujeres, luego que acabaron de bajar la loma, adelantó a galope su caballo, y Manuel la siguió. A los diez minutos habían entrado en un bosque espacioso de acacias, que pertenecía ya a las tierras de la hacienda de «La Florida», que era una de las propiedades de Teresa. La tarde estaba espléndida, un viento, más bien dicho, un céfiro amoroso, fresco y suave jugueteaba entre las copas de los árboles; los toros, relucientes y hermosos, se iban reuniendo para dirigirse al abrevadero; millares de tordos y de urracas, con su plumaje negro y bronceado, volaban, formando en el aire figuras fantásticas y caprichosas, que variaban en cada giro, hasta que la parvada entera caía y reposaba sobre una copa, para volar de allí a otra o al lomo del ganado, que feroz con el hombre que lo provoca, parecía que se dejaba conducir por el amoroso parlar de aquellas avecillas. Las acacias, con sus copas formando canastillas y quitasoles, estaban todavía cubiertas de esa menuda y verde hojilla que cubre sus espinas, y que da un aspecto tan singular a la vegetación que caracteriza el extenso valle de San Luis Potosí. Teresa contuvo su caballo, y dio un suspiro profundo, como si la vista de ese verde y espacioso bosque, que era ya de su casa, le hubiera aliviado de un gran dolor, que aquejaba su corazón.