El fistol del diablo by Manuel Payno — Read

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Hemos dicho que el buen don Pedro tenía forzosamente que hablar con personajes importantes en el Palacio. Incansable en su obra de caridad cristiana, patriota como el primero y amigo verdadero del capitán Manuel, como ninguno, no puede, no debe perder un momento. Mientras nosotros nos hemos ocupado de la parada y de la retreta, el día ha amanecido; don Pedro se ha vestido con su ropa más seria y lujosa, ha almorzado, ha puesto en sus bolsillos el reloj, dinero y una caja de polvos, de oro con cerco de brillantes, ha salido de casa, ha oído con devoción su misa de once en el altar del Perdón, entra ya en el Palacio y se dispone a subir las escaleras.

El ministro de la Guerra sale del acuerdo con el Presidente. Pasa con majestad por la puerta de fierro de la galería, los centinelas echan con estrépito, golpeándolo contra sus hombros, el pesado fusil de la Torre de Londres, comprado por los grandes financieros del año 1824; dos ayudantes vestidos de rojo y de azul o de azul y rojo, con oro y plata en el cuello de la casaca, una reluciente espada de cubierta de acero, arrastrando y sonando en las baldosas y con dos gruesas carteras llenas de papeles siguen a diez pasos de distancia. El ministro, vestido de frac, pantalón oscuro, chaleco claro y sombrero negro alto, tiene por todo distintivo militar, una banda azul en la cintura con un bordado de oro en el centro, que demuestra de una manera irrecusable, que llegó al último escalón del ejército mexicano, que es, en una palabra, todo un general de división. El ministro y general de división, lleva la cabeza erguida, serio y grave de fisonomía, la vista adelante, fija en la entrada oscura y sucia de otra galería o corredor abierto que conduce a los ministerios de Guerra y Hacienda.

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