Explore "La sevillana" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez a los arrecifes, estuvo a pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marinero español logró entrar al puerto, y frente al islote de San Juan de Ulúa dio fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus costados, a pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes de Veracruz, que creían que de un momento a otro vendría a la costa; y se aprestaban o dar todo el socorro posible a los náufragos. Don Gerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto, y volvió a la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento a otro ver hundidos los botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.
El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el viento había caído y las ondas poco a poco fueron disminuyendo, de modo que a mediodía se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros que caen sobre los granos, rodearon a la nave española.