Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cecilia no era cualquier cosa; era una rica propietaria: tenía dos casas, una en México y otra en Chalco; de la de México hemos dado apenas una ligera idea; pero haremos, cuando sea necesario, una descripción minuciosa. De la de Chalco tenemos que ocuparnos en este momento. Chalco no es tampoco un pueblo rabón. En tiempos de los aztecas era un reino, y los chalcas vinieron, como otras muchas tribus, de tan lejanas y tan ignoradas tierras que hasta ahora, por más que han cavilado los anticuarios mexicanos y extranjeros, lo único que han podido saber es que vinieron por el norte, lo cual es casi lo mismo que la respuesta del negro cuando reunió a todo un cabildo para decirles quién se había robado la lámpara de la catedral. Durante la dominación española se le llamaba la providencia de Chalco, y la República le dio el título de ciudad. Sea por la inmediación a las lagunas, sea por la disposición de las montañas o por cualquiera otra causa que los observatorios meteorológicos no indagarán, es muy airoso y sólo le gana en esto, en la tristeza habitual y en el polvo, Tenango del Aire; pero los jueves de cada semana cambia un poco de aspecto con la feria de maíz. Allá van los hacendados pobres y que sin embargo quieren arrastrar a toda costa coche en México, no sólo a vender el grano, sino la cosecha en berza; allí van los administradores ladrones a jugar onzas de oro como testimonio de la buena dirección de las fincas de campo de su amo; allí van los jugadores ambulantes de ruleta y baraja, y allí van también no pocos ladrones a ver lo que se pescan y a indagar quién tiene dinero y quién no tiene, quién viaja o se queda en su casa, para salirle al encuentro o asaltarlo. Además de la plaza y Calle Real, que es lo más animado, hay en las orillas cercanas al canal cierto movimiento diario con la entrada y salida de las trajineras y con la llegada de los arrieros de la Tierra Caliente.
Por ese rumbo estaban las importantes posesiones de Cecilia. Era una gran casa vieja; pero un francés le hubiera dado el nombre de palacio. En efecto, debió haber pertenecido en otro tiempo a alguno de esos españoles ricos que querían tener su casa cerca de sus haciendas para poder vigilarlas sin estar sujetos al aislamiento absoluto y a los peligros consiguientes en épocas revueltas, en que se formaban partidas de ladrones que se ocultaban en Río Frío y caían de improviso en cualquier hacienda indefensa. Un alto y ancho zaguán, coronado con un tímpano romano, y encima añadida posteriormente una pesada cornisa de ladrillo, y sobre esa cornisa un santo de piedra de una sola pieza, toscamente labrado, cuyo nombre se había perdido, pues mientras unos decían que era San Dimas, otros aseguraban que era San José, a lo que otros contestaban que para ser San Dimas le faltaba la cruz, y para ser San José la vara y el Niño Dios. La verdad era que, en los títulos viejos, se llamaba la casa de San Fernando; y en efecto, aquel busto de piedra tenía una corona en la cabeza. A cada lado de la puerta, cuatro altas ventanas con sus medias muestras y sus tímpanos sobre las cenizas; pesadas rejas de fierro, bastidores sin vidrios y puertas de cedro, talladas en cuadrados entrantes y salientes. Abriéndose el zaguán, se penetraba a un gran patio con corredores de cuatro varas de ancho, sosteniendo sus techos columnas de piedras de una sola pieza (o monolitos, para echar al descuido alguna erudición). De una ancha cornisa, también de piedra, y sobre el tosco capitel (de ningún orden) de cada columna se desprendía, como escapada de dentro de la cornisa, o una culebra o una lagartija o algún otro animal mostruoso de granito, y eran las canales por donde desaguaban las azoteas de todo el edificio.