Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cecilia, como todas las mujeres, y a su edad, que no era ya una niña, sino una mujer en pleno desarrollo de su robustez y de su belleza, sentía la necesidad, la fuerte necesidad de la compañía de un hombre. Las mujeres livianas lo toman donde lo encuentran y las honradas y castas por naturaleza o por educación, buscan un marido, y si tardan en encontrarlo, se casan con el primero que se les presenta, sin ver pelo ni tamaño. ¡Así salen algunos matrimonios!
No obstante las instigaciones de la naturaleza, Cecilia pensaba y tomaba cuantas precauciones podía para no echarse un lazo al cuello, y de no pocos lances había escapado, como puede pensar fácilmente el lector, y además, por temperamento era casta y por mera casualidad honrada; el afán de vestirse bien y de cuidar y calzar sus pies, era para darse gusto a sí misma, empleando en ese lujo el fruto de su trabajo, y no para despertar tentaciones, excitar y atraerse perseguidores. De gustar, gustaba, naturalmente, a los viejos magistrados de la Corte de Justicia, que la conocían; a los licenciados de San Ángel, que le vendían la fruta de sus huertas; al severo doctor don Pedro Martín de Olañeta, que no faltaba a comprar él mismo sus melones y sandías, y, sobre todo, tenía loco a San Justo, que al fin perdió por ella su empleo y fue destituido del alto cargo de portero de la logia yorkina. Pero ella en nadie se había fijado, y mucho menos en los pretendientes cuyas cartas hemos leído en los capítulos anteriores.