Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ya hemos dicho que no pasaba semana sin que en un punto u otro del camino de México a Veracruz fuesen robadas las diligencias; pero como se trataba de pasajeros desconocidos, de gentes que no tenían como Escandón, Pesado y Couto una alta posición social, nadie hacía caso, ni menos los gobernantes, que se ocupaban de asuntos para ellos más graves y provechosos; y cuando la prensa o el comercio alzaban un poco la voz, los funcionarios públicos se echaban la culpa unos a otros, se volvía asunto de Estado y de diplomacia, siendo necesario que, para evitar un conflicto, personas tan dignas y caracterizadas como Bedolla y Lamparilla, intervinieran para que al fin quedasen las cosas en peor estado; pero cuando se trató de una compañía de ópera, de muchachas bonitas y de extranjeros, ya fue otra cosa. Pero tenemos antes que explicar por qué Evaristo se prestó a la extraña fantasía del cochero Mateo, de que cantasen las artistas, recurso que le ocurrió para que no sufriesen ninguna clase de daño y cumplir la palabra que le dio al conde de la Cortina.
Mateo era hombre tal, que si su misión no hubiese tenido buen éxito, habría rogado al conde o a don Anselmo que le cortasen la cabeza, o, cuando menos, devuelto su gratificación de diez onzas. Su vanidad era conducir un coche como nadie, por el peor camino, y dominar a los ladrones, por asesinos y terribles que se les supusiese.