Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Agustina, la antigua y fiel camarista que sirvió y acompañó a la difunta condesa hasta sus últimos momentos, tenía una modesta habitación en la calle del Chapitel de Santa Catarina, en la cual se refugiaba tres, cuatro y hasta cinco días cuando estallaba alguna tormenta en la casa de Don Juan Manuel o el carácter violento de don Diego la obligaba a evitar su presencia. Un angosto portillo cerca de la entrada del zaguán, daba paso a una empinada escalera de losas que terminaban en un corredor pequeño lleno de macetas bien cultivadas.
Como en muchas de las viviendas de las casas de vecindad, la primera pieza era la cocina, después un cuarto que podía servir de comedor y en el fondo un salón con balcón a la calle; las paredes blancas pintadas de cal, los suelos de tierra roja, los muebles antiguos y viejos, la cama de madera pintada de verde, su cabecera con deformes miniaturas que representaban la degollación de los inocentes y el todo limpio, propio y agradable. Lo que había no solamente curioso, sino sorprendente, era un nicho de cristales de Venecia y dentro una Virgen de las Angustias con su hijo muerto, descoyuntado y sangriento, que caía de su regazo al suelo, al que con débiles manos trataba de levantar y sostener. El que por primera vez entraba, no podía menos que sobrecogerse de miedo y quedarse fijo e inmóvil delante de este grupo de escultura, que parecía más bien natural que no obra del arte. En un rato de bueno o de mal humor, el conde que no era muy devoto, había hecho este regalo a la criada de confianza, y ésta, antes de que pudiera arrepentirse, se apresuró a trasladarlo a su sala. Desde entonces la casa no estuvo sola.