Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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Al despertar Casilda y Evaristo del sabroso sueño, alegres y como rejuvenecidos con el aire fresco y sano de la tarde que declinaba, se les vino simultáneamente uno de aquellos pensamientos realistas que vienen siempre a enternecer y a interrumpir las vanas ilusiones con que se engaña diariamente la gente que vive en este mundo.

Tenían hambre. ¿Qué cenarían esa noche? Nada, o cualquier pedazo de tortilla o de pan que pedirían en alguna de las casas de la vecindad; y a fe que no les faltaban amistades en el pueblo, especialmente desde que, habiendo cesado los robos de manzanas y peras, se desvanecieron las sospechas que no habían dejado de pesar sobre ellos en la época de sus excursiones nocturnas. Lo esencial de la cuestión era ¿cómo vivirían mientras se vendía la almohadilla? Entraron en el cuarto, registraron con la vista el suelo, las paredes, el techo, los rincones: nada. Cuatro petates que uno sobre otro les servían de cama; una sábana sucia y ya rompiéndose; las sillas de tule desfondadas; una mesita de palo blanco; el brasero, con unos cuantos trastos de barro y, en la pared, estampas y dibujos de donde había tomado idea Evaristo para sus mosaicos; lo de valor había sido empeñado o vendido durante el año que duró el trabajo babilónico de Evaristo. ¿Qué hacer? Cada cual se sentó en un rincón y clavó la cabeza sobre sus rodillas dobladas y sujetas entre sus manos.

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