Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Una vela de sebo que había quedado sobre el brasero, alumbró tristemente el resto de la noche el cuadro de desolación y de horror que presentaba el taller. Evaristo, por una extraña alucinación producida por la mezcla del pulque con los licores reforzados con alumbre y otras sustancias venenosas, al herir a Tules hundiéndole el instrumento en diversas partes de su cuerpo, pensaba destruir una cosa, para poseer otra: quería aniquilar a Tules para que inmediatamente la reemplazase Casilda, a la que en verdad no había vuelto a encontrar; así al vomitar su boca alcohólica y sangrienta atroces injurias contra su mujer, mezclaba el nombre de Casilda y refería las escenas secretas y escandalosas que tanto se habían repetido mientras estuvieron unidos en su casucha en San Ángel. Creía tener a las dos mujeres delante de él; y así como arrojó a la calle a Casilda dándole una paliza, para casarse con Tules, en esos momentos trataba de acabar con Tules para volver a echar el brazo al cuello de Casilda; y entre él y estas visiones se interponía Juan el aprendiz levantando sobre su cabeza una larga y afilada sierra; así, loco, frenético, profería palabras incoherentes, buscaba instrumentos, trozos de madera, martillos para destruir, para herir, para triunfar de estas visiones amenazadoras, para hacer desaparecer el sillón de terciopelo rojo oliendo a incienso y a iglesia, y que como escudo había libertado al muchacho de ser asesinado.
Evaristo, al caer beodo y herido por el golpe que le asestó Juan y agotados los últimos esfuerzos de sus nervios excitados por la bebida, tendió los brazos al aire, creyendo estrechar a Casilda y dio sobre Tules, y la boca impura y sucia del bandido quedó pegada a los labios fríos y descoloridos de la pobre muerta, de donde acababan de salir dolorosas palabras pidiendo misericordia al asesino y encomendando su alma a Dios.