Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
Imponente y magnífico era el salón de la Alta Corte de Justicia. En el fondo, un tablado que casi abrigaba un dosel de terciopelo carmesí con galones de oro, un gran bufete con una carpeta de brocado, un juego tintero y una campanilla de plata, y en el respaldo las armas y un manuscrito original en un marco dorado, del acto constitutivo de la República. Alrededor de la mesa, sentados, tres magistrados y el secretario, todos de edad madura, muy graves y serios, algunos ostentando en sus fracs negros la medalla de la primera época de la independencia. El tablado, de más de un metro de altura, separaba a los magistrados del público con un tosco barandal de caoba de estilo romano. Una escalerilla con alfombras de terciopelo proporcionaba el acceso a esta especie de trono. El resto del salón, artesonado de cuadros de verde y oro, estaba ocupado con bancos y sillones destinados al público; en las paredes, divididas en tableros separados por molduras talladas también de oro y verde, estaban pintadas al fresco, del tamaño natural, la Justicia, la Fe, la Caridad y la Fortaleza.
Cuando don Pedro Martín de Olañeta entró vestido correctamente de negro, con pasos majestuosos, erguido, satisfecho de sí mismo, inclinando la cabeza acompasadamente para saludar, hubo un murmullo en el público, pues el salón estaba lleno. Subió la escalinata, se inclinó ante el tribunal y tomó asiento en uno de los sillones colocados a la derecha.