Read "Amores" by Ovid online for free on Textopian. Full text with search, annotations, highlights, and AI-powered reading aids.
Río que festoneas el limo de tus márgenes con verdes cañaverales, corro a ver a mi amada; detén el curso un instante; no tienes puente ni ligera barca que, sin ayuda de remos, me conduzca a la otra orilla cogido al cable; recuerdo que eras de escaso caudal, y no temí atravesarte, porque el agua apenas mojaba mis talones, y ahora te precipitas con estruendo, engrosado por las deshechas nieves del monte vecino, y revuelves tus profundas aguas en un lecho cenagoso. ¿Qué me sirvió la premura?; ¿qué dedicar al sueño tan corto rato y juntar la noche con el día, si había de detenerme aquí, no consiguiendo por ningún medio poner el pie en la opuesta orilla? ¡Que no tenga yo las alas del heroico hijo de Dánae, que arrebató la cabeza erizada de terribles serpientes, o gobierne el carro de Ceres, del cual caían sobre un suelo inculto las primeras semillas! Mas éstos son falsos prodigios que abortó la fantasía de los antiguos poetas, que no han sucedido nunca ni tampoco sucederán. Tú, río que derramas las aguas entre tan distantes riberas, así sea eterno tu curso; vuélvete a los antiguos límites. Créeme, reducido a torrente no serás víctima del odio que te persiga, si se sabe que has detenido los pasos de un amante. Los ríos deben ayudar a los enamorados en sus empeños, puesto que ellos mismos sintieron un día los efectos del amor. Es fama que el pálido Ínaco, apasionado por Melia la de Bitinia, se abrasaba en medio de sus heladas ondas. El sitio de diez años aun no había destruído a Troya cuando Neera cautivo tus sentidos, ¡oh Janto! Pues qué, ¿la ciega inclinación que le inspiró una virgen de Arcadia no obligó al río Alfeo a discurrir por diversas tierras? También se cuenta de ti, Peneo, que escondiste en las comarcas de Phtiotida a Creusa, prometida de Janto. ¿Hablaré del Asopo, a quien subyugó la varonil Teba, que vino a ser madre de cinco hijas? Si pretendiese inquirir, Aqueloo, dónde tienes ahora tus cuernos, te lamentarías de habértelos roto la mano de Hércules iracundo. Lo que no sintió por Calidón ni toda la Etolia, lo hizo por la sola Deyanira.
El opulento Nilo, que por siete bocas paga al mar su tributo, y sabe tener oculta la fuente de sus aguas caudalosas, es fama que no pudo templar en el hondo abismo el ardor que le abrasaba por Evadne, hija de Asopo; como el Enipeo, empeñado en obtener los abrazos de la hija de Salmoneo, mandó que las aguas se retiraran, y las aguas obedecieron su mandato. No te pasaré en silencio a ti, que, rompiendo entre las duras peñas, riegas con tus espumosos raudales los campos de Tibur Argeo; ni a ti, a quien sedujo Ilia, aunque descompuesta, mal vestida y delatando las señales de sus uñas en el cabello y semblante. Quejosa de la crueldad de su tío y el crimen de Marte, erraba por las márgenes solitarias; el río la vió desde sus rápidas ondas, y alzando por encima de ellas la cabeza, en ronca voz le dijo: «¿Por qué, ¡oh Ilia!, linaje de Laomedonte el de Ida, recorres mis riberas con tal ansiedad?; ¿por qué desechas tus adornos?; ¿por qué vagas solitaria?; ¿por qué la blanca cinta no sujeta tu esparcida cabellera?; ¿por qué lloras y empañas el brillo de tus húmedos ojos, y con irritada mano golpeas el desnudo pecho? Tiene un corazón de roca o de hierro quien sin lástima ve deslizarse las lágrimas por una hermosa cara. Ilia, depón el miedo; mi palacio te acogerá, y los ríos formarán tu cortejo.