Amores by Ovid

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¿En qué consiste que la cama me parece tan dura, la cubierta se cae de mi lecho, y he pasado esta larguísima noche sin conciliar el sueño, y aun me duelen los cansados miembros, que se revolvían faltos de sosiego? Si el amor viniese a inquietarme, creo que lo reconocería. ¿Acaso viene, y su astucia me atormenta con secretas emboscadas? Así era en verdad; sus leves saetas se clavaron en mi corazón, y riguroso tiraniza el pecho que acaba de someter. ¿Cederemos, o con la resistencia encenderemos más la súbita llama? Cedamos; siempre es ligera la carga que se sabe soportar. Yo vi crecer el fuego encendido al removerse los tizones, y apagarse cuando nadie los agitaba. A los bueyes que se rebelan, oprimidos por la. dureza del yugo, se les castiga mucho más que a los que soportan el peso del arado. Dómase el potro rebelde con el freno de dientes de lobo, y el que corre brioso al combate tiene que sentir menos su dureza. El amor se encona más cruel y despótico contra quien le resiste que con quien se reduce a tolerar su servidumbre. ¡Ah!, lo reconozco, soy tu nueva presa, Cupido, y alargo las vencidas manos, prontas a obedecerte. No se trata de guerrear: te pido la paz y el perdón; poca alabanza te reportaría, vencer. con tus armas a un hombre desarmado. Corona tus cabellos de mirto, apareja las palomas de tu madre, y el mismo Marte te proporcionará el carro conveniente; tú, montado en él, y en medio de las aclamaciones que publiquen tus hazañas, regirás con destreza las aves que lo conducen; formarán tu séquito los jóvenes subyugados y las cautivas doncellas, y su pompa será para ti un magnífico triunfo. Yo mismo, que soy tu última presa, caminaré mostrando mi herida reciente, y, esclavo tuyo, arrastraré mi nueva cadena.

Con las manos atadas a la espalda, seguirán tus vuelos la buena conciencia, el pudor y cuanto se atreve a luchar con tu poderío. Todos te temerán, el pueblo extenderá hacia ti los brazos, gritará en alto clamoreo : «¡Vítor, triunfo!» Al lado, te acompañarán la molicie, la ilusión y la furia, cortejo que sigue asiduamente tus pasos. Con tales soldados dominas a los hombres y los dioses; si te privases de su auxilio, quedarías desnudo. Tu madre, orgullosa, aplaudirá al triunfador desde el alto Olimpo, y esparcirá sobre su rostro una lluvia de flores. Con las alas ornadas de piedras preciosas, lo mismo que la cabellera, volarás resplandeciente en el carro de áureas ruedas, y entonces, si te conocemos bien, abrasarás a no pocos en tu fuego, produciendo tu carrera innumerables heridas. Aunque lo intentes, no podrán reposar tus saetas; tu férvida llama abrasa hasta en el fondo del agua vecina. Así aparecía Baco, al someter las tierras que baña el Ganges: tú, conducido por las aves; él, por los tigres. Puesto que yo, tengo que formar parte de tu sacro triunfo, no vayas a perder los despojos de tu victoria sobre mí. Contempla las armas vencedoras de tu pariente César; protege a los vencidos con la misma mano que acaba de someterlos.

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