Explore "La expiación de mi madre" by Giorgos Viziinos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Me acuerdo todavía como si fuera ahora, de las impresiones que esta primera noche pasada en la iglesia causó en mi joven imaginación. La luz incierta de las lámparas suspendidas delante de las sagradas imágenes iluminaba apenas las gradas que están frente la puerta del santuario, y convertían las tinieblas que nos rodeaban en algo más imponente que la misma obscuridad. Siempre que la escasa llama de una lámpara vacilaba, me parecía ver á la imagen que pretendía iluminar, tomar vida y agitarse, cual si quisiera despegarse del cuadro y descender al suelo, con sus rojas vestiduras y el gran nimbo de oro, alrededor de su semblante impasible y de lija mirada. Cuando el viento frío de la noche silbaba á través de las altas ventanas, sacudiendo la vidrieras, pareciame que los muertos tendidos alrededor de la iglesia se levantaban y trepaban desde fuera por los muros intentando penetrar en su interior. Temblando de terror, esperaba á cada instante ver un esqueleto que se inclinaba delante de mi para calentar sus manos heladas en el brasero encendido á nuestro lado. Callaba, sin embargo, y disimulaba todas mis inquietudes á mi madre, porque amaba con delirio á mi hermana, y consideraba como favor señalado haberme dejado cerca de ambas. Mi madre me hubiera mandado al punto á casa, si echara de ver que tenía miedo.
Con firmeza más que heroica, dominaba pues mis terrores, cumpliendo todos los días con el mayor celo mis deberes consistentes en encender el fuego, acarrear el agua, y barrer la iglesia durante los días de la semana. En los de fiesta y los domingos, cuando se celebra el oficio que precede á la misa, conducía por la mano á mi hermanita para que permaneciera de pie en tanto que el sacerdote leía el Evangelio á la puerta del santuario, y tendía además sobre las losas la alfombra en la cual se echaba la enferma, de bruces, á fin de que el cura que llevaba el Santísimo Sacramento, pasara encima de ella. Al terminar la misa colocaba su almohada enfrente la puerta izquierda del santuario, para que pudiera aguardar arrodillada á que el celebrante, al quitarse uno á uno sus ornamentos sacerdotales, los fuera poniendo encima de ella. Después el sacerdote con la santa cuchara, le hacía sobre el rostro la señal de la cruz.