Las posaderas de Rabelais by Rafael Barrett

Explore "Las posaderas de Rabelais" by Rafael Barrett on Textopian. Read with annotations and highlights.

Son enormes: hacía falta todo el brujo talento de Anatole France para escamotearlas ante el público bonaerense. No sólo ellas, sino quod intrinsecus latet. Crean que Pantagruel y sus compañeros gozaban de una fisiología completa, y que no se limitaban a tragar mucho, y a teorizar sobre el matrimonio. Digerían triunfalmente hasta el fin, y extraían el zumo del amor hasta la última gota. Después cantaban sus proezas con una alegría terrible, y jamás el trueno de la palabra humana ha retemblado con tanta majestad como en el poema burlón de aquellas indecencias inolvidables. Cuatro idiomas volcó Rabelais en el crisol de su ingenio para engendrar un vocabulario erótico que por sí basta a llenar un volumen, y ese huracán no nos ensucia: nos barre el alma. Anatolio pérfido, Anatolio sacrílego, ¿qué osaste? ¿Atusar los leones? ¿Peinar a Rabelais?

¿Por qué tú, que fundaste un culto en la grupa de Orberosa, suprimiste el orbe inferior rabelesiano, preñado de acres tesoros? -Pero las señoras porteñas…- Han leído tu Isla de los Pingüinos y no han leído el Gargantúa… Sí, ya sabemos que el libro es un demonio secreto que nos habla a solas en el silencio de las noches, y a quien se permite decir la verdad, mientras que una conferencia cae bajo la férula de la policía. Donde hay tres personas, nace el pudor, el odio al extranjero sentimental. Ante un grupo de damas -intrusas entre sí- no es posible poner nombre a lo que hacen por separado. Y si se trata de nombres de otro siglo, recio y charlatán, es peor aún. Cervantes parece grosero; ¿quién se atrevería hoy a recitar en una tertulia algunos párrafos suyos? ¿Y Shakespeare? Anatolio ha procedido como un francés de buena educación.

Reading navigation