Explore "Los bandidos de Río Frío" by Manuel Payno on Textopian. Read with annotations and highlights.
La puñalada que María Pantaleona dio al último de los enmascarados en la arteria carótida, ocasionó que se vaciara completamente, y el cuarto estaba inundado de sangre. La escasa luz de la mariposita que ardía delante de la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, y el rápido y fantástico reflejo de los relámpagos que entraban por las altas claraboyas y por el agujero, daban momento a momento a ese cuarto, con sus paredes húmedas y salpicadas de manchones pardos y negros, un aspecto el más aterrador. Los barriles vacíos, amontonados en los rincones, parecían animarse y moverse; los palos y trastos viejos tomaban extrañas figuras; las ratas salían en gran número de sus escondites, miraban con sus ojillos azorados el cadáver monstruoso del indio, nadando en una sangre negra; querían acercarse, pero no se atrevían y huían espantadas. La imagen misma de la Virgen parecía más consternada y llorosa; María Pantaleona no tenía en cuenta este aspecto siniestro y permaneció sentada junto al agujero, con su largo puñal en una mano y el mechón de cabellos de Evaristo en la otra.
A la tormenta de la noche había seguido, como es común en México, una mañana clara y fresca. Luego que entraron por las claraboyas los primeros rayos del sol, Pantaleona se dirigió a la recámara de Cecilia que, contra su costumbre, dormía a causa del mucho trabajo del día anterior, en que había recibido y despachado dos trajineras cargadas de azúcar y piloncillo.