Los bandidos de Río Frío by Manuel Payno — Read

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El licenciado don Crisanto de Bedolla y Rangel era un hombre muerto. La prisión lo resucitó. Desde que, a no dudarlo, se supo por el acreditado periódico La Sabiduría que no cabía duda de que estaba incomunicado en uno de los lóbregos y sucios cuartos del antiguo convento de Santiago, convertido en prisión militar, el público, es decir, el público que se ocupa y vive de chismes de política, y que esperan mejorar de fortuna con uno o más cambios de personal en el ministerio, lo consideró como un personaje gigantesco y sobrenatural, que tenía en su mano cerrada la suerte y los destinos de la República y que no tenía más que abrirla para que saliera, según su voluntad, un enjambre de desgracias o una lluvia de oro que vendría a fertilizar las profundas bolsas vacías y secas de los partidarios y del partido vencido o caído que hacía la oposición al gobierno existente.

Durante una semana permaneció Bedolla incomunicado, durmiendo en un petate, sin una silla en qué sentarse ni una mesa en qué comer, y ni Lamparilla mismo obtuvo permiso para verlo, ni se le permitió que le llevasen cama y los muebles más indispensables. Se hacía cruces el licenciado; pensaba día y noche y no podía acertar con la causa que había determinado al Presidente a tratarlo tan cruelmente. Su conciencia le acusaba en verdad; pero jamás había escrito una carta con su letra, ni menos se acordaba de haber firmado nada que pudiera comprometerlo.

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