Explore "Los prestigios de la guerra" by Rafael Barrett on Textopian. Read with annotations and highlights.
No pasa día sin que en alguna parte de la tierra retumbe el cañón. Y por cada libra de pólvora que se quema existen innumerables toneladas que sólo esperan una orden, un signo, un roce ligero para estallar. La montaña de combustibles aguarda una chispa. Miles de millones de pesos se invierten anualmente en conservar y renovar los instrumentos de matanza, y millones de soldados están listos a morir y a hacer morir en cuanto así se disponga. Por muy optimistas que seamos, confesemos que a pesar de los arbitrajes, de las conferencias y de las campañas de todo origen a favor de la paz, la guerra sigue sólidamente instalada en este mundo. Los estados menos belicosos se arruinan en armamentos y en efectivos, prueba de que entre la gente del alto negocio nadie confía en que disminuya la ferocidad de nuestra especie. La guerra continúa siendo amenaza para unos y comercio lucrativo para otros.
Y la hipertrofia de los ejércitos acrecienta el riesgo. No se acumulan en vano enormes energías; locura es pretender que se mantenga indefinidamente inmóvil un órgano que se robustece sin cesar. Vencido de su propio peso, el alud se desplomará por fin, tanto más destructor cuando más tardío. Pasaremos del simulacro de las maniobras, a la realidad, y esa comedia de gran aparato que es la luz armada, concluirá en tragedia, porque nuestras armas no son de cartón y, tarde o temprano, la verdad se apodera del hombre.