Explore "Angelina" by Rafael Delgado on Textopian. Read with annotations and highlights.
La revelación de Angelina me dejó triste, abatido, avergonzado. Entonces me dí cuenta de ciertas melancolías de la niña, cuando yo hablaba de bodas y noviazgos. Me propuse calmar el ánimo de la doncella, quitarle, en cuanto fuera posible, la mala impresión que mi ligereza y mis imprudentes palabras le habían causado, y lo conseguí. Le hice ver que mi poca reflexión no debía ser motivo de disgusto, y puse todo mi empeño en que comprendiera que cuanto yo había dicho no era más que la repetición de opiniones leídas en no sé qué libro, oídas a no sé qué personas. Nunca pensé que hería a Angelina en lo más vivo; jamás pude imaginar que la pobre niña supiese la historia de su infeliz madre. Yo también la ignoraba, por culpa de mi tía, quien siempre se rehusó a contarme cómo y de qué manera fué Angelina a la casa del P. Herrera, del cariñoso anciano, del santo sacerdote que veía, y con razón, en su hija adoptiva, un ángel bajado del cielo para alegrar las tristes horas de su vida rural. Y no me costó poco trabajo conseguir que mi amada olvidara mis dichos inoportunos y crueles. Fallos, juicios y opiniones oímos en el mundo que nos parecen atinados y justos, y los acogemos ligeramente, los repetimos, los hacemos nuestros, y suele suceder que más tarde caemos en la cuenta de que hemos repetido una tontería.
Linilla-así la llamé en lo de adelante-no volvió a tocar el punto, y siempre se mostró conmigo afable y satisfecha. No salía yo a la calle más que a las horas de trabajo, y al volver del despacho me pasaba las horas al lado de la huérfana, cada día más enamorado de ella. Una o dos veces, en toda la temporada, fui a las rifas de Navidad, que congregaban todas las noches en la Plaza a los pacíficos habitantes de Villaverde. Ni juegos ni músicas me eran gratos; no paraba yo atención en la hermosura de mis paisanas, ni en la elegancia y gallardía de Gabriela.