La calandria by Rafael Delgado — Read

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Las vecinas del patio de San Cristóbal, luego que tuvieron noticia del suceso, acudieron a prestar sus servicios. Con don Eduardo no se pudo contar porque hacía ocho meses que estaba en México; pero aquellas buenas gentes lo arreglaron todo. Malenita se portó con la generosidad acostumbrada: ofreció pagar el entierro, el carro fúnebre y los tranvías. Al fin no hizo más gasto que el de cuatro cargadores. A pesar de las recomendaciones del ebanista intervino en el asunto el juez de 1.ª Instancia, prohibió la inhumación solemne, y ordenó que el cadáver fuera llevado al hospital. Allí, después de analizar las materias contenidas en el estómago, confirmaron los médicos las sospechas del vecino, y estudiaron en el destrozado cuerpo de la infeliz muchacha no sé cuántas cosas, por las cuales un practicante charlatán, amigo de Jurado, explicaba aquel suicidio como la cosa más natural del mundo.

Muérdago y Rosas almorzaron juntos ese día. Disputaban acerca de quién había ganado la apuesta. Cortina, constituido en árbitro, decretó que uno pagaría el almuerzo y otro el champagne.

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