Los parientes ricos by Rafael Delgado — Read

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Al otro día de la partida de don Juan, cuando ni doña Dolores ni sus hijas se daban aún cuenta de todo lo pasado y de lo que se había resuelto; cuando la buena señora principiaba apenas a buscar en la calma y en el reposo del hogar sosiego para su corazón y tranquilidad para su espíritu; cuando poseída de profunda pena y presa de hondísima zozobra, pensaba con tristeza, y hasta temerosa, en su salida de Pluviosilla, la buena ciudad donde habían pasado varios años de su niñez y casi toda su juventud; donde había conocido a don Ramón, a quien había amado con toda el alma, con ese amor que llena toda una existencia y que no deja en el corazón lugar para otro afecto semejante; donde se había casado; donde habían nacido todos sus hijos; donde había sentido el mayor de los dolores al perder a su primogénito: donde había vivido largos y felices años, rodeada de cuanto una noble mediocridad pudo proporcionarle, de todos estimada y querida, objeto de sólido respeto y de merecidas consideraciones; cuando la excelente viuda consideraba que, pronto, dentro de unas ocho o diez semanas, que pasarían tan rápidamente como unas cuantas horas, tendría que salir de aquella casita donde tanto había padecido y donde tanto había llorado, visitas y más visitas fueron a aumentar su dolor.

Fueron las primeras en ir a verla, unas amigas de la juventud, en todo tiempo fieles y cariñosas, siempre afectuosas con ella lo mismo en épocas de felicidad y de abundancia que en aquellos últimos años de pobreza y de amargura; dos amigas, unas buenas señoras, ambas solteras y pobres desde que doña Dolores las conoció, que fueron para la familia de don Ramón Collantes, durante la enfermedad de éste, y en los días en que Ramoncito se vio al borde del sepulcro, como dos ángeles de incomparable caridad. Si buenas fueron siempre con Dolores en días prósperos y alegres, en los días aciagos y de aflicción dieron muchas y supremas muestras de la alteza de su alma y de la bondad de su corazón. Instaladas en la casa, tomaron desde el primer momento la dirección de ella, para dejar a doña Dolores y a sus hijas cerca del enfermo. Y no se limitaban a esto: lo mismo se entendían con Filomena, con la desinteresada Filomena, prodigio de abnegación, de fidelidad y de cariño, y lo mismo atendían a las pocas personas que acudían a condolerse de los infortunios de aquella casa, que cuidaban al enfermo, le consolaban, le daban ánimo y aliento, o se pasaban las noches velándole el sueño y atentas a su llamado o a sus quejas.

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