Los parientes ricos by Rafael Delgado — Read

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A las vívidas y húmedas regiones montañosas, cubiertas de rica aunque no exuberante vegetación, sucediéronse vastas y arenosas llanuras, planicies escuetas y áridas, grandes y dilatadísimos valles, engalanados a la sazón, gracias a las lluvias de estío, con una lozanía tan hermosa como efímera. Verdegueaban esmaragdinos colinas y collados, y en las sementeras, el maíz -jefe de la espigada tribu, como dijo Bello- desplegaba la pompa incomparable de sus crujientes hojas y de sus banderines tremulantes; flámulas inquietas que fingían misteriosos ruidos y frufrú de faldas. En las montañas grupos de abetos verdinegros, encinares espesos, mezquites sombrosos de uniforme pesado ramaje, rompían la unísona coloración de los fondos, término de un paisaje que, en gradación finísima, desleía sus tintes hasta confundirlos con el azul vago de los montes distantes, con el gris intenso de otros más remotos y con la curva zafirina de un firmamento libre de vapores acuosos. A un lado y al otro de la vía, haciendas que parecían fortalezas, castillos desiertos, lúgubres y sombríos, llenos de leyendas trágicas referentes a nuestras guerras civiles; lóbregas casonas, con su templo inmediato, en cuya espadaña ruinosa o en cuyo campanil esbelto y albeante revolaban tornasolados pichones y palomas níveas; caseríos parduscos diseminados en las heredades o dispersos, al pie de los altozanos intonsos, como bandadas de aves viajeras asustadas de pronto por el azor; unos y otros esmaltando, en variedad poética y pictórica, praderas, lomas y colinas.

Cerca de la vía, en surcos paralelos e ilímites, fabácea plantación prometedora de cosecha pingüe, que en sus frondosas matas lucía ramilletes aperlados, salpicados de manchas negras.

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