Explore "Calvario y tabor" by Vicente Riva Palacio on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los que no han recorrido esa hermosa tierra de promisión que se llama la costa del Pacífico, difícilmente podrán formarse idea de todo el encanto que encierra allí una tarde apacible del mes de enero, cuando en otras partes un manto de nieve se extiende como una inmensa sábana que guarda el sueño de la naturaleza, y que vela el misterio de la vida que debe aparecer en la primavera; las aves no cantan, el sol no brilla; los árboles desnudos y sin verdura, oscilan tristemente al impulso de un viento que frío y perezoso, cruza algunas veces entre el esqueleto de su ramaje, y se arrastra después, haciendo ondular la seca yerba de los prados, y barriendo en los bosques los muertos despojos de los robles o de las encinas. La floresta es un inmenso cementerio, las llanuras un páramo, y el arroyo prisionero entre sus aguas congeladas, ni quiebra entre sus ondas puras los rayos del sol, ni deja percibir entre las flores su constante murmullo; silencio, muerte, soledad, he aquí, lo que deja el invierno en donde alcanza con su mano seca y cubierta de escarcha, he aquí cómo conocen a enero los que no han visitado la tierra caliente, la verdadera zona tórrida.
Era una tarde de enero: el sol se hundía lentamente tras esa inmensa masa de aguas que se llama el Pacífico, sus rayos habían perdido su fuerza, y entre la bruma transparente que se levantaba de las ondas, el astro que no permite ni la mirada del hombre, semejante a un globo de metal candente, parecía flotar sobre la superficie de los mares, ondulando a merced de las olas que se levantaban soberbias y gigantes en alta mar, para llegar a morir humildes y dulces en la playa, besando tristemente el muro de arena, convertidas en raudales de espuma blanca como los pétalos de una azucena y brillantes como las estrellas del cielo tropical.