Explore "Vida de Pedro Saputo" by Braulio Foz on Textopian. Read with annotations and highlights.
Fuerte es siempre el buen ejemplo, y más cuando viene de personas de autoridad o de mucho favor en el pueblo, o muy queridas o de compañeros. Pero en la niñez todo lo hacemos por imitación porque falta el auxilio de la reflexión y de la experiencia, y si se quiere hacer todo lo que se ve, siendo por otra parte nuestra especie natural y esencialmente imitadora. El peligroso ejemplo que Pedro Saputo daba a los muchachos del pueblo subiendo tejados y paredes fue causa de algunas desgracias, sin que las pudiesen evitar con prevenciones ni castigos aun los padres más celosos. A los niños en pasando de cuatro o cinco años nadie los guarda, porque a una vuelta de cabeza han concebido y hecho una travesura, y nadie puede tampoco precaver ni adivinar los peligros en que se ponen donde y como menos se piensa.
Estaban un domingo por la tarde tirando al canto en las eras unos cuantos muchachos, entre ellos Pedro Saputo, y había una turba de muchachas cantando y triscando en otra era; cuando de repente cesó todo aquel bullicio y se vio huir a las muchachas hacia el pueblo, no oyéndose más canto ni voz que los lamentos de una criada del hidalgo de la plaza (el de la reconvención a la madre de Pedro Saputo), la cual desesperada y mesándose los cabellos, daba grandes voces pidiendo auxilio. Fueron allá los muchachos, y una hija del hidalgo de unos nueve o diez años de edad, muy traviesa y arriscada, se había caído del tejado de un pajar, y dando de cabeza en unas piedras que había quedado muerta de la caída. Lo mismo fue oír de muerta, echaron a correr todos aquellos rapaces dejando solo a Pedro con la criada que invocaba a todos los santos y vírgenes del cielo, no tanto para que volviesen a la vida a la niña, como para que librasen de ver el semblante riguroso y vengativo de sus amos. Pedro hizo con la muchacha lo que había visto hacer otras veces para recordar a los que padecían algún desmayo, pues conoció que sólo estaba aturdida, y poco a poco fue volviendo en sí, comenzaba la pobre a quejarse con tales gritos, que la criada pensó que tenía rotos los huesos de su cuerpo: y llorando y deseándole la muerte se fue a casa de sus padres (que era del pueblo) y quedó él solo con la niña. No tenía rotos todos los huesos de su cuerpo, ni la mitad, pero sí un brazo, abollada y abierta la cabeza, quejosas otras muchas partes.