Vida de Pedro Saputo by Braulio Foz — Read

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A más de andar llegó la hora, y antes de salir se asearon los estudiantes lo mejor que pudieron. Pedro Saputo quitó la funda de la gorra, se puso un cuello nuevo muy rizado y quedó hecho un caballero, y por lo joven y hermoso, un Amor vestido, un Adonis en traje español y de corte, y acompañados del huésped, de un cuñado, una hija de diez años y una sobrina de quince, con algunos vecinos que se tomaron la libertad de subir mientras cenaban, se encaminaron a la casa llevando detrás, porque había acudido a la calle gran tumulto, más gente que fue nunca al sermón de la bofetada. Llegaron, saludaron muy cortésmente a aquellas señoras y a otras que ellas habían convidado; y don Severo al verlos tan cortesanos, tan atentos y bien hablados se alegró mucho y dijo en voz baja a su esposa e hija: -¿Veis, gloria mía, qué porte y qué bien criados? No diréis sino que son hijos de grandes caballeros: y algunos de ellos lo serán, porque mientras siguen los estudios hay muchos que gustan de las aventuras y libertad de esta vida en las vacaciones, y cuando se restituyen al curso reparten los provechos en los compañeros pobres. Con esto la madre y la hija los trataban con miramiento, y al propio tiempo les mostraban afabilidad y confianza. La gente del pueblo que los había seguido fue también admitida en dos grandes salas que estaban una a cada lado de la del sarao y dijo el caballero: -En ésta ruego que nadie entre sin mi licencia; en esotras acomódense los que puedan con orden y buen modo. Agora, señores, cuando gustáredes, dijo a los estudiantes, podréis dar principio a la música.

Diéronlo al punto; y primero tocaron un rato para hacer muestra de su habilidad, y luego preguntaron a don Severo si se había tratado que bailasen. Respondió que sí, y les suplicó abriesen dos de ellos el baile, pues así también lo deseaban aquellos jóvenes caballeros. Entonces dejan los instrumentos el de la pandera y el del pito, y sacan a bailar el primero a la hija de la casa, y el segundo a otra doncella que con Morfina se hallaba de prima, tomando entretanto Pedro Saputo la pandera. La destreza y gracia que los estudiantes ostentaron en el baile gustó a todos, y no menos su decencia, que siempre y en todo es importante. Ya no eran aquellos estudiantes andrajosos de bayetas y mirando y hablando a lo tuno en puridad como en la calle; eran unos verdaderos caballeros bien nacidos, y finamente educados, de lo cual se alegraba el dueño del convite y no dejaba de ponderarlo su esposa y otras señoras principales que había. Retiráronse y tomaron los instrumentos, dejando la parte de baile a los jóvenes que vinieron convidados.

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