Dolor de test by Claudio Magris — Read

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«¿Su color preferido? » es una de las muchas preguntas del test. La respuesta, en este caso, es fácil y unívoca: el azul, el color del mar, de la lejanía y la ausencia. También la predilección por la gaviota -a la que no por nada cada año tributo una visita a la isla de Levrera, delante de Cherso, cuando rompen los huevos- me exime de titubeos. Otra cuestión parece en un principio también exenta de problemas. Mi flor preferida es desde luego la amapola, pero mientras lo escribo siento que el aciano, la violeta y la margarita no pueden quedar excluidos; además a lo mejor no es lo más acertado responder amapola, que por sí sola es más bien poco: las amapolas son encantadoras, pero todas juntas, un campo, o por lo menos un puñado, mientras que una rosa se basta por sí sola, así que hasta esa pregunta fácil le deja a uno un poco pasmado.

Los cuestionarios, sean del tipo que sean, se multiplican y llegan de todas partes; si Camus decía que la existencia del individuo podía resumirse, en sus tiempos, en la fórmula «fornicaba y leía periódicos», hoy en día se tendría quizás que añadir que, además, rellena cuestionarios, o hace declaraciones, en su mayor parte telefónicas, acerca de los temas más variados. No se trata de deplorar el fenómeno con el patético sermón sobre la parcelación de la vida y del individuo en la sociedad contemporánea; responder a los tests era un juego no desdeñado por escritores como Proust o Thomas Mann, a los que es difícil acusar de superficialidad. Los cuestionarios dirigidos a los escritores invitan a responder por varias razones: por curiosidad, por el placer del juego, por la vanidad de verse al lado de grandes maestros igualmente interpelados, por el temor de transgredir las reglas sociales del propio clan cultural y verse marginados. Aunque las preguntas sean numerosas, uno cree despacharlas con rapidez, sea porque las respuestas tienen que ser telegráficas o porque se está persuadido de tener ideas, opiniones, gustos, convicciones, amores, odios o pensamientos. Sobre todo se está persuadido de haber expresado ya de algún modo en los libros de uno gran parte de esos sentimientos y pensamientos; no parece pues difícil traducirlos de su expresión fantástica, metafórica, a una declaración explícita. ¿O es que Conrad y Stevenson habrían tenido dificultades para decir que amaban el mar? Para una declaración de ese tipo no hace falta la grandeza con la que representaron el mar.

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