Drama en una aldea by Julia de Asensi — Read

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El alcalde se sentó primero, se paseó después, había contado con que pasaría aquella hora con su hija y su hermana y su ausencia no podía menos de contrariarle. Felizmente, al poco rato un criado vino a anunciarle la llegada de su sobrino y Pedro se apresuró a ir a la casa donde le aguardaba el joven. Este se llamaba Lorenzo Henares y había acabado la carrera de leyes. Hacía bastantes años que Serrano no había visto a su sobrino, que contaba veintidós, y acaso no le hubiese conocido a no saber su regreso al lugar. Lorenzo no tenía una hermosa figura, su fisonomía era franca, dulce, simpática, pero no bella, su estatura mediana, su inteligencia clara si no superior, su carácter bondadoso, su desinterés grande, su conducta intachable. Era el yerno que convenía a Pedro, tan celoso de la ventura de su hija; lo único que faltaba era que los jóvenes se comprendieran y se amasen.

El alcalde habló mucho de Cecilia, enseñó a su sobrino media docena de retratos en fotografía, hechos por un artista que estuvo de paso en el lugar, le dijo que la joven era buena y sencilla y se la mostró, si no tal como era, así como él la imaginaba, porque nada era más difícil de entender y de definir que el carácter de aquella niña tan mimada, tan querida y al propio tiempo tan ignorante de los sucesos de menos importancia de este mundo. Lorenzo le escuchaba con atención y con interés. Su tío le enseñó luego la casa, el jardín en la parte en que se hallaba bien cultivado, le habló de las mejoras que pensaba introducir en él poniendo aquí una fuente nueva; haciendo allá un mirador, agrandando el gallinero y el palomar, arreglando un establo, echando abajo el edificio ruinoso que se veía a lo lejos para levantarle otra vez con el objeto de que sirviese para habitaciones de los jardineros que las tenían fuera de la posesión. Así se pasaron dos horas. Al cabo de ellas volvieron a la casa donde a los pocos minutos entraron Romualda y su sobrina. Era ya completamente de noche y el alcalde había dado la orden de que se encendiesen las luces. Al vivo resplandor de ellas se conocieron Lorenzo y Cecilia. A él le pareció la niña admirablemente hermosa, ella le encontró feo y poco simpático.

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